La libertad en el espacio que vivimos

Septiembre es el mes en que celebramos la Independencia como república y también el aniversario de fundación de nuestra Universidad Dr. José Matías Delgado. Desde ambas instituciones perseguimos la libertad como valor genuino en el ejercicio de la ciudadanía. Hablar de libertad no solo es un derecho, sino también un recurso cultural que podemos usar a favor o en contra de las demás personas. 

Para entender esta reflexión haremos un pequeño ejercicio. «Colocamos un número determinado de sillas en contra de una exposición y otras tantas hacia el frente«. Una parte de los asistentes habrá de reacomodar (o no) la silla en la que les corresponde sentarse, y que está en posición incorrecta, ya que parece absurdo. Claramente, algo no anda bien, y sin mucho análisis, quienes observen esa postura y no se sienten, es porque creen que esa no era la forma adecuada. Muy probablemente algunas personas «se rebelaran» y habrán de girar las mismas en señal de lucidez crítica ante tal situación. Ejerciendo así la genuina libertad que todas y todos tenemos.

A partir de la década de los 30, en nuestro contexto, se promovieron «las ciudades jardín«. Ejemplo de ellas, fueron las colonias Flor Blanca, San Benito o San Francisco, por mencionar algunas. Tenían la peculiaridad de disolver las fronteras entre lo público y lo privado. Esto permitía experimentar los espacios muy democráticamente. Hay quienes recuerdan el famoso jardín exterior obligatorio o la famosa altura de verja, que eran criterios espaciales que partían precisamente de una visión solidaria de la ciudad, como el hogar de toda la gente.

Es conocido que durante los 80, este concepto acabó por eliminarse. Debido a las circunstancias bélicas, la debilitada seguridad y el miedo a una posible reconfiguración de la propiedad territorial, estas condiciones acabaron amurallando nuestras ciudades. Pero también amurallaron nuestras mentes haciendo que en la narrativa oficial prime la estética sobre el verdadero sentido del espacio público. 

A finales de la década del 2000, El Salvador se sumó a la tendencia global, de valorar el espacio público. Se insertó en el debate social. Ahora se tienen buenos ejemplos de intervención tanto en el ámbito privado como en el estatal. Entre estos podemos mencionar a Paseo El Carmen, el centro comercial La Gran Vía, el parque Cuscatlán y las recientes intervenciones en el centro histórico de nuestra capital. Aunque en el discurso aún persiste la importancia del objeto espacial sobre el sujeto que lo utiliza y que es al final quien le da sentido. 

En 2012, la empresa británica Furniture Factory instaló en la ciudad de Camden, unas bancas que se nombraron igual que esta. Se trata de una pieza diseñada exclusivamente para sentarse, impidiendo estratégicamente que las personas se recuesten o duerman sobre ella. Esto alude a que dichos comportamientos son indeseables. Y con mucha razón, la exitosa banca ha recibido reconocimientos, pero también duras críticas, apodándola como el “pináculo de la arquitectura hostil”. Fue muy cuestionada porque en el fondo guarda un espíritu discriminador y poco inclusivo sobre todo hacia la gente sin hogar y/o que simplemente desean hacer uso del espacio con libertad.

Al darme la tarea de caminar algunas cuadras por San Salvador, para entender cómo se llena de libertad nuestro espacio, me encontré con las históricas murallas que limitan lo privado y lo publico. También detecté verjas sobre antiguos muretes en donde antaño, las personas se podían sentar a descansar. Así mismo pude encontrar algunos elementos como puntas de acero y desde luego muchos complementos de seguridad, como los alambrados, cercas y demás. La pregunta es ¿a quién estoy restringiendo con estos cuerpos?

Estamos en un momento en que se discute muy poco sobre el concepto de libertad. Esto nos ha llevado a una concepción sumamente individualista de la misma. Creemos que al restringir comportamientos mediante muros, verjas o puntas de acero, ejercemos nuestra autonomía, pero lo que sucede en realidad es que comenzamos a privarnos de ella.

En épocas recientes he oído el comentario que en nuestras ciudades no hay espacios donde uno pueda sentarse a platicar, sin tener que hacerlo en un sitio en el cual tengamos que comprar algo. Es así como la arquitectura hostil, promueve el consumismo, ya que las personas deben pagar por un espacio seguro. En cambio, quienes no pueden, simplemente, no tienen derecho legítimo de convivir sanamente. Lo mismo pasa cuando se dispone de áreas verdes, en terrenos cercanos a quebradas o en los escondidos laterales al final de los pasajes. Esto no invita a promover la convivencia ciudadana, sino todo lo contrario, se convierten en zonas promotoras de la delincuencia.

Aunque estas escalas son gestiones propias del Estado, cuando dispongamos de las áreas sociales de nuestras casas, negocios, edificios, entre otro; que no nos importe que pertenezcan a la propiedad privada, pensemos en que serán utilizados por una diversidad de personas. El espacio es nuestro medio de desarrollo, pero también, es un bien común que debemos resguardar y saber utilizar.

Esta nota fue escrita por Rafael Tobar, para conmemorar el Bicentésimo segundo aniversario de la independencia de El Salvdor, durante ceremonia relizada el mes de septiembre 2023, en la Universidad Dr. José Matías Delgado.

— Posted on septiembre 21, 2023 at 1:14 am by

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