Arquitectura salvadoreña en la historia.

Hablar de una arquitectura salvadoreña resulta tan difícil como hablar de identidad salvadoreña. Así como en El Salvador su cultura está compuesta por diferentes influencias extranjeras que la hacen contener varias “identidades”, la arquitectura en El Salvador contiene rasgos foráneos que inevitablemente la dotan de un eclectisismo particular que resulta apropiado, pero no propio.

Inicialmente encontramos el caso de Joya de Cerén, que es un asentamiento localizado en San Juan Opico, La Libertad, es una expresión emblemática de la arquitectura prehispánica salvadoreña, pues por sus características se ha logrado comprender mucho de las actividades domésticas de la cultura maya y además nos muestra interesantes soluciones espaciales que facilitaron dichas actividades, por ejemplo en algunas estructuras pueden apreciarse celosías de adobe que posiblemente funcionaron como dispositivos de ventilación natural. Esto y otros detalles han hecho que desde 1993 la UNESCO haya declarado este sitio como “Patrimonio de la Humanidad” y coloquialmente es comparado con Pompeya, situado en Italia. Por otro lado, Tazumal, localizado en Chalchuapa, Santa Ana, representa una muestra de la influencia de Copán (en Honduras), Teotihuacán (México) y la cultura tolteca. La disposición de grandes masas de edificios en medio del conjunto de plazas y espacios abiertos nos comunica con claridad la estrecha relación de la arquitectura con el paisaje natural y, junto con Joya de Cerén, también nos habla del manejo de la escala doméstica en combinación con la escala monumental.

La época colonial fue una absoluta ruptura para la arquitectura prehispánica local, a partir del momento en que se dispusieron elementos estructurales y espacios propios de la arquitectura europea, los conceptos prehispánicos de espacio cambiaron dando paso a los corredores que servirían de transición entre el paisaje natural y una nueva configuración de espacios interiores. Estos nuevos conceptos fueron retomados en la arquitectura republicana, sin embargo su autoría siempre fue extranjera, no fue sino hasta inicios del siglo XX que una nueva arquitectura protomoderna comenzó a cambiar los paradigmas de la vivienda y la configuración de la ciudad. Un buen ejemplo de ello está en la Residencia Dueñas (Armando Sol, 1942), localizada en la colonia San Benito, San Salvador. Resulta ser una particular expresión de la llamada arquitectura neocolonial. Por su gran dimensión, volumetría y originales jardines circundantes, ejemplifica el modelo de ciudad jardín, promovido desde el inicio de la expansión de San Salvador hacia el poniente, el cual rompió el modelo de manzana compacta que se daba desde la época colonial. La configuración de este tipo de vivienda también transformó la propia actividad doméstica pues separó claramente las áreas públicas, privadas y de servicio; concepto que sigue vigente hasta el momento. Actualmente esta residencia es ocupada por las oficinas corporativas de Urbánica. Paralelo a este tipo de arquitectura, la nueva tecnología del concreto armado hizo posible la construcción de edificios en altura, El edificio 129 (Ernesto de Sola, 1948), localizado en el centro histórico de San Salvador, es una emblemática expresión Art Decó con influencias de la Escuela de Chicago y el expresionismo alemán. Su mayor aporte está en la escala, pues la tecnología del concreto armado y los elevadores, permitieron superar en altura a los tradicionales edificios corporativos de la época republicana. El acceso principal está enmarcado por un revestimiento de mármol verde que con el tiempo se convirtió en elemento identitario del Banco Salvadoreño, motivo por el que fue repetido en varias de sus sucursales, así como en su última casa matriz, allá por la década de los 90. En la actualidad el edificio alberga el almacén El Gran Imperio. Estos dos casos representan el inicio de la profesionalización de la arquitectura en El Salvador.

A partir de 1950, en el marco de una nueva constitución, un estado que promueve la modernidad en todas las formas posibles y, además, la creación de la Escuela de Arquitectura en El Salvador, surge el modernismo arquitectónico salvadoreño. Se trata de una arquitectura fuertemente influenciada por el movimiento moderno de inicios del siglo XX pero que se constituye en respuesta a los problemas físicos y sociales propios de la región. Un caso ejemplar es la casa del arquitecto Jaime Paz Larín, diseñada por él mismo y ubicada en un terreno sobre la carretera a Los Planes de Renderos. Esta presenta fuertes influencias de la arquitectura de Frank Lloyd Wright, como ocurre con muchas de las expresiones de arquitectura de uso habitacional en el modernismo salvadoreño, sin embargo, su mayor aporte está en el planteamiento abierto de la relación entre sus espacios internos, y la relación de estos con el espacio exterior. En la foto puede apreciarse un cerramiento en “acordeón” que al abrirse permite una vista privilegiada a la ciudad de San Salvador; esto junto con la distribución radial de sus techos y varios detalles en muebles e iluminación resultaron ser una interesante experiencia espacial en la vida de la familia Paz. Similar, pero con uso religioso es el caso de la capilla del hospital Divina Providencia (Choussy padre, Ca. 1970), localizada en la colonia Miramonte, San Salvador, que fue escenario del asesinato de monseñor Romero en 1980. Una década atrás fue diseñada y construida considerando los nuevos planteamientos litúrgicos del Concilio Vaticano II, rompiendo el esquema basilical de la planta en cruz, además situó al sacerdote en el centro del templo y se creó una relación más estrecha de su interior con el espacio externo circundante. Los ensayos en concreto armado permitieron crear novedosas entradas de luz cenital y cerramientos de vidrio laterales. Conceptos similares pueden leerse en obras como la capilla San Benito (Armando Sol, 1948), San Ignacio de Loyola en el Externado San José (Salvador Choussy padre, 1964) y Corazón de María (Manuel Meléndez, 1968).

Luego del fin de la guerra civil en 1992, la arquitectura salvadoreña pasa por dos etapas fundamentales, en primer lugar hay una búsqueda por una arquitectura local más acorde a las realidades salvadoreñas, tanto sociales como ambientales, y en segundo lugar hay una apertura al mercado global que consolida esta búsqueda encontrando nuevos lenguajes que enriquecen el paisaje y, al mismo tiempo, gozan del reconocimiento a nivel internacional. Un ejemplo interesante para la primera etapa es la actual primera sede de Ciudad Mujer (Leonel Avilés y Asociados, 1996), que fue diseñada como un centro de capacitación y se localiza en el municipio de Colón en La Libertad. Como obra de la posguerra su aporte está en la constitución de una tipología de uso educativo, conformada por amplios espacios vestibulares, abiertos o de múltiple altura, que se construyen con una paleta austera y sincera de materiales, a la vez hay una reinterpretación del portal que crea juegos volumétricos transicionales entre interior y exterior. Esta arquitectura, responde muy acertadamente a la realidad local, al reinventar conceptos espaciales tradicionales y mezclarlos con una tecnología accesible, pero de gran expresividad. Posiblemente la arquitectura más apropiada en Centroamérica. Finalmente un ejemplo emblemático de la etapa más reciente de la arquitectura salvadoreña es la capilla Cardedeu (EMC Arquitectura, 2014) que forma parte de un complejo localizado en el lago de Coatepeque, Santa Ana. Es una de las obras de arquitectura salvadoreña más representativas a nivel mundial, ha ganado múltiples premios entre los que destacan: BID 2012 y Bienal 2012, además fue finalista en el Festival Mundial de Arquitectura 2015 en Singapur, junto a obras de la talla de Norman Foster y Zaha Hadid. Se conforma con un sencillo volumen flotante, abierto hacia el lago, y este se construye mezclando madera y piedra local junto con materiales foráneos como el acero y el concreto. Su sencillez está cargada de símbolos como la cruz de acero y el agua que visualmente se conectan con el lago, así como también dosificadas entradas de luz y elementos paisajísticos. Esta arquitectura pone de manifiesto la naturaleza globalizada de la sociedad salvadoreña y, por ende, la influencia extranjera en nuestra identidad. Algo que en la era actual puede ser una fortaleza, tal como lo ejemplifica esta obra.

Es innegable que la arquitectura de El Salvador ha sido fuertemente influenciada por diversas corrientes foráneas que inician con una arquitectura prehispánica común en toda Mesoamérica, se impone luego la arquitectura colonial directamente de Europa y durante la época republicana, en donde aparecen los primeros arquitectos salvadoreños, hay débiles intentos por responder mejor a las condiciones locales. No es sino hasta que se empiezan a formar arquitectos en el País, en 1954, que hay una búsqueda consciente por crear una arquitectura que, aunque influenciada por las corrientes modernistas de inicios del siglo XX, se perfila como algo propio de El Salvador. En definitiva la guerra civil y la consecuente posguerra y globalización dieron pie a retomar esta búsqueda, quizá con un espíritu más humilde y realista en el que se aceptan las influencias foráneas como algo habitual en la cultura salvadoreña. Quizá el rasgo más fuerte y a la vez generador de fortalezas en la producción arquitectónica local.
(*) Esta nota fue escrita para la Escuela de Arquitectura de la Universidad Dr. José Matías Delgado, en su promoción de arquitectura salvadoreña durante el mes de septiembre de 2018, en conmemoración de la independencia de El Salvador.

— Posted on octubre 6, 2018 at 6:14 pm by

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